Una sensación intensa recorrió su cuerpo. Kevin poseía un aura seductora que envolvía a cualquier mujer que él deseara. Su porte atlético, moldeado por ejercicios arduos, siempre era realzado por el blazer slim fit que destacaba su apariencia imponente.
—Hemos llegado, señor —anunció el chofer.
—¡Salgan! —ordenó Kevin con su voz grave y autoritaria.
Justine estaba a punto de abrir la puerta cuando sintió la mano de él apretando firmemente su brazo.
—¡Vos te quedás! —Los ojos de él se entrecerraron, mirándola con severidad.
«¡Genial!», pensó ella. «Empeoré las cosas», se lamentaba a sí misma mientras el chofer y el guardaespaldas salían del vehículo, lanzándole miradas de soslayo.
—Creo que tus empleados no me soportan —comentó, en tono irónico.
—Te odian, Justine. —La voz de Kevin cargaba un toque de sarcasmo.
—Entonces, diles que hagan fila. —Con un tono de buen humor, ella replicó.
Por un breve instante, ella notó una sonrisa comenzando a formarse en el rostro de él, pero, como era