Después de cambiarse de ropa, Justine se dirigió a la sala de estar, donde su hijo leía con atención la historia de «Pulgarcito», de Charles Perrault. Con un orgullo evidente, la madre observaba la soltura del niño mientras recorría el texto con la mirada. Sentada en el sofá junto a Bryan, doña Laura estaba tejiendo un suéter azul claro.
—Mamá, ¿quieres leer conmigo? —preguntó Bryan al notar su presencia.
—Más tarde, cariño. Ahora tengo que salir… —respondió Justine con ternura.
—¿Vas a nuestra otra casa? ¿Puedo ir contigo? —entusiasmado, Bryan dejó el libro sobre el sofá y llenó a su madre de preguntas.
Aunque le alegraba saber que su hijo extrañaba la humilde casa en la que habían vivido durante los últimos años, Justine tenía miedo de volver allí desde que Beatrice y Andrew Turner habían descubierto la dirección. Aquel lugar ya no era tan seguro como antes. Bryan estaba más protegido bajo el mismo techo que su padre.
—Déjame ir, mamá. Quiero contarles a mis amiguitos que