Mundo de ficçãoIniciar sessão«¿El atrevimiento de esta mujer no tiene límites?». La indignación de Kevin resonaba en sus pensamientos. Él estaba seguro de que ella exigiría una buena suma de dinero, una mansión o incluso un carro de lujo, pero la idea de casarse nuevamente con ella fue el detonante para que regresara la tensión.
—Está sangrando —Justine profirió al ver el líquido rojo escurriendo de la palma de la mano del señor Harrison. Preocupada, le ofreció una servilleta, que su exmarido aceptó con renuencia. Él presionó el tejido de lino contra la herida, mientras un guardaespaldas se acercaba. —¿Todo bien, jefe? —Marco cuestionó. —Estoy de maravilla, ¡salí de aquí! —Kevin respondió entre dientes. Marco le lanzó una mirada de soslayo a Justine antes de alejarse. Ninguno de los empleados del señor Harrison confiaba en ella. Con el semblante sombrío, Kevin volteó el rostro hacia la ventana y se puso a contemplar a una pareja que pasaba por la calle. La mujer sonriente le limpiaba el helado de la blusa al niño que su esposo cargaba en brazos. Parecían tan felices que Kevin comenzó a cuestionarse por qué él no podía construir una familia así. Una empleada pidió permiso antes de empezar a limpiar los pedazos de cristal sobre la mesa. Enseguida, el gerente del establecimiento se acercó, ofreciéndole una caja de primeros auxilios. —Grazie! —Justine agradeció al recibirla. Las pupilas doradas analizaron a su exmarido, pero él se resistió a mirarla. —Déjame encargarme de eso. —La voz dulce de Justine sonó nuevamente. —¡No es necesario! —Él gruñó. —La servilleta ya está llena de sangre —aseveró ella, señalando el tejido con manchas rojas. De un modo obtuso, el señor Harrison tomó la servilleta que estaba al lado de Justine y, entonces, secó el resto del líquido rojo en la palma de su mano. Al limpiar, pudo examinar el corte. La herida estaba un poco más profunda de lo que imaginaba. —Debe tener pedacitos de cristal en la mano. —Ella continuó hablando—. —¡Déjame ponerte esto! —Justine solicitó después de sacar una venda de la caja de primeros auxilios. Fue con esa misma dulzura que ella lo sedujo años atrás; no obstante, él no se permitiría cometer el mismo error otra vez. En un movimiento súbito, Kevin tomó la venda de la mano de su ex mientras los clientes daban miradas rápidas y cuchicheaban. —Creo que vas a necesitar que te pongan unos puntos. —Justine asintió. —¿Ah, sí? —El sarcasmo salió de sus labios carnosos—. Esto no hubiera pasado si yo no hubiera venido aquí. —Yo no te pedí que vinieras conmigo —Cruzando los brazos, Justine retorquió. —¡Fue un error mío! —Él admitió, fulminándola con la mirada—. Esto no se va a repetir. Mientras su exesposa terminaba de beber el capuchino, él llamó a la mesera y pidió la cuenta. Justine apenas había tocado el croissant; tan solo dejó la taza sobre el platillo y miró la expresión sombría del señor Harrison. —¿Vas a pensar en mi propuesta? —Tomó valor para preguntar. Fingiendo no escuchar, Kevin observó a su guardaespaldas, que estaba sentado al lado. —¡Marco! —llamó. —Sí, jefe. —¡Pagá la cuenta! —ordenó, entregando la tarjeta sin límites—. Te voy a esperar en el carro. Al salir, Justine ignoró las miradas curiosas de los clientes cuando siguió a su exmarido con pasos pausados. —¿Estás tratando de irritarme? —Enojado, Kevin inquirió, observándola bajar los escalones despacio—. —¡Dale ya, Justine! —exclamó, pero ella lo ignoró y continuó caminando en dirección opuesta. Notando la agitación fuera del carro, el chofer salió. Sus ojos se abrieron de par en par al avistar la herida en la mano de Kevin. —Es mejor llevar al señor al hospital, ¡jefe! —No es nada grave —Kevin le dijo al chofer, pero sus ojos seguían acompañando a su exmujer que se alejaba—. ¿Qué diablos está haciendo? —murmuró. Marco le entregó la tarjeta tan pronto como se acercó y prestó atención a la dirección hacia la cual miraba el señor Harrison. —¿Querés que vaya detrás de tu ex, jefe? —No, ¡entra al carro! —mandó. A cierta distancia, Justine caminaba por la acera, atormentada por sus propias decisiones. «¡Ay, Dios! ¿Qué idea absurda fue esta de pensar que Kevin aceptaría mi propuesta?», Ella reflexionaba, acordándose de lo gentil y caballeroso que había sido en las últimas horas. Estupefacta, cruzó la calle cuando, de repente, un carro se detuvo abruptamente delante de ella. La puerta se abrió, y el guardaespaldas de Kevin salió a su encuentro. —Por favor, ¡entre al carro, señorita! —Marco usó un tono más gentil que antes. —Decile a tu jefe que quiero caminar un rato —retorquió ella, levantando la barbilla. —El señor Harrison mandó avisar que es mejor que entres al carro si quieres volver a ver a tu hijo. Pensando en Bryan, Justine retrocedió. Le dio la vuelta al automóvil de lujo y entró. —¡Estás loca! —El señor Harrison exclamó con rudeza—. ¿Por qué saliste a caminar por la calle? —Porque quería caminar —replicó y volteó la cara hacia el lado opuesto. —¡Ya no sos una adolescente para hacer pataletas! Por una fracción de segundos, el silencio se extendió hasta que Kevin rompió la monotonía. —Voy a pensar en tu oferta —él mencionó mientras se acomodaba la venda en la mano—. ¿Deseas agregar algo más? Claro que ella tenía diversas imposiciones por hacer; sin embargo, Justine hizo una exigencia que lo afectaría profundamente. —Quiero tener mi propia habitación y no voy a tener intimidad con vos. —Sintió el rostro arder al comunicar en voz baja. Kevin le tocó el brazo, jalándola para acercarla más. Justine sintió el aire cálido de la respiración agitada de su ex cuando él se acercó a su oído. —Si acepto tu propuesta, ¡te voy a joder con fuerza todos los días! —Él impuso antes de mordisquearle la oreja.






