Alrededor de las tres de la tarde, las espesas nubes grises afeaban el cielo. Justine estaba sentada junto a la mujer que conducía el Mercedes y, en cierto momento, sintió nostalgia de la época en que manejaba su propio coche.
Miró el retrovisor para aplicarse un poco de gloss labial y darle brillo al contorno de sus labios color cereza. Fue entonces cuando se fijó en los dos hombres sentados en el asiento del copiloto y se dio cuenta de que ninguno de ellos formaba parte del equipo de seguridad de su marido.
—No te preocupes, ellos no trabajan para mi primo —comentó Carol al notar las cejas claras en forma de V y las comisuras de los labios de Justine hacia abajo—. Son mis guardaespaldas de confianza. El único problema es que odian ir en el asiento del copiloto porque el coche es mío y a mí me gusta manejar —añadió al reparar en los rostros fruncidos de sus escoltas.
Con una sonrisa contenida, Justine se quitó la presilla y dejó que su largo cabello resbalara por sus hombros.