Aunque el hijo estaba eufórico y no dejaba de hablar de su padre, Justine suspiraba mientras servía el postre. Sus ojos se posaron en el jardinero que cuidaba las hermosas flores del jardín, y la nostalgia le trajo recuerdos de la infancia en Francia. Desde el abandono de Sophia, Justine sentía un vacío y una añoranza difíciles de llenar.
—¿Estás triste, mamá? —El niño acarició su rostro con sus manitas.
—Solo estoy un poco cansada, mi ángel.
Solo en ese momento se dio cuenta de que todo el lujo de aquella casa no se comparaba con la libertad de ir y venir que tenía cuando vivía en el conjunto habitacional. La vida era sencilla; sin embargo, vivía sin el miedo constante de perder la custodia de su hijo.
—¿Está todo bien? —doña Laura se acercó, ofreciéndole una taza de té de manzanilla, con la delicada etiqueta de Dammann Frères—. La gobernanta me dijo que te encanta esta marca.
—¿Lo preparó Helena? —Justine arqueó una ceja, intrigada.
—Lo preparé yo misma, puedes beberlo s