Una nueva propuesta

En el camino hacia la salida del hospital, ella pensaba en la propuesta que su exmarido le había formulado para conseguir la custodia de su hijo.

A cada paso, cavilaba en todo lo que le diría a Kevin. Si le hacía tal oferta, ella sin duda conseguiría mantener al niño lejos de las amenazas de su expadrastro y estaba segura de que sería una manera perfecta de vengarse por el infierno que el señor Harrison la había obligado a vivir en el pasado.

Al llegar afuera, avistó el Ford Mustang estacionado que la esperaba. El guardaespaldas no ocultó su cara de enfado al abrirle la puerta del lujoso automóvil.

—¿Dónde está el otro carro? —Justine entabló conversación mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Lo dejé en Milán. —Sin desviar la mirada, él replicó secamente.

Acomodándose junto al CEO, ella se distanció un poco.

—Quiero hablar contigo sobre la custodia de Bryan, pero antes, necesito que vos entendás que tenemos que pensar en lo mejor para nuestro hijo.

—¿Cómo debemos proceder?

—Primero, tenemos que dejar de pelear — él argumentó, mirando a su ex.

—¡De acuerdo! —Encarándola con un aire intrigado, él asintió con la cabeza.

A los cuatro minutos, el carro de lujo se detuvo frente al pub y bar Cafetería Modigliani.

—Era cerca, podíamos habernos venido caminando —ella criticó.

—No, no podíamos. —La voz profunda la refutó.

El guardaespaldas y el chofer salieron primero para verificar el perímetro.

Cuando bajó del carro, Justine dio unos cuantos pasos hasta la escalera, subiendo los cuatro peldaños. Kevin sostuvo el tirador dorado para abrir la puerta.

Tras entrar, ella examinó el ambiente con un hermoso candelabro en el centro y notó las paredes de caoba que combinaban con las mesas y sillas dispuestas por el salón. Optó por una mesa cerca de la ventana.

Antes de que pudiera sentarse, su exmarido le retiró la silla para que se acomodara. Aquel acto de caballería recordaba los tiempos en que estuvieron casados.

El lugar era bastante elegante y los empleados, amables. Uno de los camareros anotó el pedido de Justine, quien solicitó un croissant de cereza y un capuchino.

—¿Qué desea, señor? —Con una sonrisa, la empleada inquirió.

—Espagueti a la boloñesa. —La voz grave profirió mientras los brillantes ojos azules observaban a su exesposa.

Él aún recordaba la primera comida que ella le preparó cuando todavía eran solo novios. En aquel entonces, ambos estaban en el chalé cuando Justine decidió cocinar espagueti.

«Tal vez sea una gran coincidencia», se dijo a sí misma. «¿Pero por qué un multimillonario tan elegante comería espagueti?» La voz intrusiva en su subconsciente la cuestionó. Inmersa en sus pensamientos, desvió la mirada hacia la enorme ventana y observó a los transeúntes que pasaban por la calle.

—¡Aquí tiene, señorita! —La mesera sonriente puso la taza sobre la mesa y, enseguida, el croissant.

—Grazie! —Justine sonrió en agradecimiento.

Después de servirle el plato de espagueti y la copa de Sauvignon Blanc al señor Harrison, la empleada del establecimiento se retiró.

Justine acercó la taza humeante a la boca y sopló antes de sorber un trago de su bebida caliente.

—¿Querías hablar de la custodia de nuestro hijo? —La voz grave rememoró y luego, apreció un poco del vino.

—¡Sí! —Justine sostenía el asa de la taza cuando aseveró—. Vos dijiste que yo debería poner mi precio…

El tenedor giró entre los dedos largos de Kevin mientras él enrollaba la pasta en la otra punta.

—¿Vas a desistir de tu hijo? —Él paró de girar el tenedor solo para encararla—. ¡Dale, decí tu precio!

Justine dio un largo suspiro, enderezando la espalda en el acolchado respaldo de la silla.

—Quiero hacerte una propuesta nueva… —Justine se silenció, dejándolo aún más mosqueado—. Tal vez no aceptes lo que voy a pedirte.

Ella necesitaba encontrar las palabras adecuadas antes de que su exmarido perdiera la paciencia.

—Te daré lo que vos querás… —Redarguyó él con una forzada actitud displicente—. Plata, casa, joyas… ¿Pedí de una vez?

—No quiero bienes financieros, Kevin —disparó, ofendida.

La comida no le pareció tan apetitosa como un minuto atrás. Kevin apartó el plato, ansioso por oír la propuesta de su exmujer. Él endureció la postura y echó los hombros hacia atrás.

—¿Vas a decir lo que querés o no? —Los ojos se le entrecerraron, casi ocultando el brillo de las pupilas azules.

Sosteniendo la copa de vino, se la bebió toda de una vez. A través del cristal, sus ojos continuaban atentos a la mujer que permanecía del otro lado de la mesa redonda.

—Pensá en lo que voy a decirte y recordá que será por el bien de nuestro hijo… —Ella enfatizó.

—Cazzo, ¡hablá de una vez! —Arrugó la frente al exclamar.

Algunos clientes les prestaron atención, pero, después de unos segundos de silencio, todo volvió a la normalidad, como si nada hubiera pasado.

—¿Decí pronto lo que querés, Justine? —La ronquera en su voz se hizo más evidente cuando murmuró.

—Quiero volver a ser la señora Harrison Giordano.

La mano de Kevin apretó la copa con tanta fuerza que el cristal se reventó. La sangre estaba tan caliente que apenas sintió el dolor del corte. La mirada de él se contrajo aún más ante aquella propuesta absurda.

Justine cedería la custodia, pero jamás estaría de acuerdo en mantenerse lejos del pequeño Bryan. La exigencia de volverse a casar con su ex era una propuesta alienada, pero de esta manera, ella uniría lo útil con lo agradable.

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