La Prisión de Alta Seguridad de Belmarsh no olía a miedo, como decían las películas. Olía a repollo hervido, a desinfectante industrial barato y a sudor rancio de hombres que habían perdido la esperanza de volver a tocar a una mujer.
Para Arthur Windsor-Windham, ex Duque de Salisbury y actual recluso número 8940, el olor era una ofensa personal diaria.
Eran las diez de la mañana. Arthur estaba en su celda, un cubo de hormigón de tres metros por dos que compartía con un traficante de armas alban