Hay una luz específica en Londres que solo aparece después de la lluvia, cuando el sol se filtra a través de las nubes bajas y convierte el pavimento mojado en espejos de plata y oro. Durante años, Maxxine Cavendish había odiado las mañanas de Londres. Le recordaban el frío, la soledad y la prisa. Pero en los últimos tres meses, el amanecer se había convertido en su momento favorito del día.
No porque la ciudad hubiera cambiado, sino porque la vista desde su cama sí lo había hecho.
Eran las 06: