Un mes después, Londres no parecía la misma ciudad. Las calles seguían siendo grises y el tráfico seguía siendo infernal, pero desde el piso 50 de la Torre Cavendish, el horizonte parecía brillar con una luz nueva, limpia y dorada.
Maxxine Cavendish estaba de pie frente al ventanal, con una taza de café en la mano, observando cómo el sol de la mañana se reflejaba en el Támesis. Llevaba una blusa de seda blanca y pantalones de sastre, y su cabello caía suelto sobre sus hombros, sin la rigidez de