El aire de la noche olía a pólvora y a tierra mojada, una mezcla primitiva que borraba cualquier rastro de civilización.
Joe Kensington salió al jardín trasero con la pistola en alto, moviéndose con la fluidez de alguien que ha aceptado que el miedo es solo combustible. A su lado, Maxxine Cavendish sostenía la escopeta de caza, con el rostro pálido pero la mandíbula tensa en una línea de determinación absoluta.
Frente a ellos, a unos veinte metros, iluminado por la luz espectral de la luna que