El hombre que se miró en el espejo del baño de la suite de invitados no se parecía al Joe Kensington que había bajado al sótano hacía una semana.
La hinchazón de su ojo había bajado considerablemente, dejando un cerco de color amarillo verdoso que parecía más una sombra de cansancio que una herida de guerra. El corte en su labio era una línea fina y rosada. Pero el cambio real no estaba en las marcas de la piel, sino en la mirada.
Joe se pasó la mano por la mandíbula recién afeitada. Sus ojos a