El Hotel Savoy brillaba como una joya en la noche londinense. Su famoso Salón de Cristal había sido transformado en un sueño de invierno por los mejores decoradores de Europa: orquídeas blancas caían del techo, candelabros de cristal de Baccarat reflejaban la luz de mil velas y una orquesta de cámara tocaba Vivaldi con una precisión matemática.
Para la prensa, era la fiesta del siglo. Para Maxxine Cavendish, era un escenario.
Llevaba un vestido de seda roja diseñado exclusivamente para ella por