Para colmo, la mujer ni siquiera se disculpó. Se limitó a esbozar una sonrisa burlona, con un gesto de desdén en los labios.
A Carmen Soto le bastaba pensar en el proyecto que llevaba en la memoria USB para que una oleada de satisfacción la invadiera.
Estaba a punto de quedarse con ese contrato, de desplazar a Sofía Vargas. ¿Qué podía inquietarla?
Dentro de la empresa, podría hacer prácticamente lo que quisiera.
Siendo sinceros, si conseguía ese proyecto, se convertiría en una pieza clave para I