Ambos reían y platicaban animadamente, y para Alejandro, era como contemplar una familia.
El rabillo de sus ojos enrojeció mientras luchaba por reprimir la confusión que lo embargaba.
«Cálmate», se repetía una y otra vez, «tienes que confiar en Sofía».
Pero ver a esas tres personas dentro de la tienda lo estaba volviendo loco.
Él, atractivo; ella, perfecta; y una niñita adorable que enternecía la mirada.
La escena, por donde se la viera, parecía la de una familia unida.
Un malestar agrio le revo