—¿Es usted el esposo de la señora Benner? —la voz del médico se anticipó a la de Anastasia. El apellido no se me hizo familiar; no recordaba que en Dayara Sarah tuviera una identidad diferente.
—Sí, es su esposo —respondió Anastasia.
Busqué sus ojos sin comprender del todo.
—Bien —dijo el médico—. Puede entrar a verla. Le explicaré su condición de camino a la habitación.
Sarah no estaba completamente fuera de peligro. En realidad, había más probabilidades de que no resistiera a que lo hiciera,