Ryan
Odio las reuniones del consejo.
No lo digo en sentido figurado ni dramático. Las detesto con una honestidad casi infantil. Me asfixian los trajes impecables, los informes encuadernados en cuero, las palabras que suenan inteligentes pero no significan nada: “proyección”, “diversificación”, “riesgo controlado”, “capitalización estratégica”.
Estoy sentado en la cabecera de la mesa porque así lo dicta el protocolo, no porque lo haya deseado alguna vez. Frente a mí, doce personas que han hecho