Conduje sin rumbo durante varios minutos, quizá horas. No encendí la radio. No miré el teléfono. Solo avancé por la carretera como si el movimiento pudiera reemplazar a la decisión que no era capaz de tomar.
No sabía a dónde ir.
Esa era la verdad desnuda.
Por primera vez en mi vida no tenía un plan, no tenía una estrategia, no tenía un objetivo que conquistar o destruir. Tenía un volante entre las manos y una sensación de vacío que se expandía con cada kilómetro.
Pensé en Priya.
El pensamiento