—Firma los documentos, Richard.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Mi padre ni siquiera miró la pluma. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa metálica de la sala de visitas, como si estuviera en su oficina y no en una prisión estatal.
—¿Todavía no lo entiendes? —dijo con calma—. Nada de eso es tuyo.
Apreté los dientes.
—Cristhian está muerto.
El nombre flotó entre nosotros.
—Y murió sin testamento —continuó—. Sin hijos. Sin esposa. Todo volvió a mí.
Lo dijo sin emoción, como si estu