Priya
Desde el ferry, la ciudad se mostraba impecable, demasiado ordenada, como si nada malo pudiera ocurrir entre sus calles rectas y sus edificios pulcros. Sabía que no era cierto. Vanpur nunca era inocente.
Anjur seguía apoyado en la baranda, con los ojos fijos en algún punto indefinido del horizonte urbano. No miraba la ciudad; la atravesaba con la mirada. Había algo en su postura que me inquietaba, una rigidez que no le conocía desde hacía años. No era cansancio ni simple melancolía. Era o