El despacho de Emilio en la mansión tenía algo de búnker elegante.
Paredes oscuras, estanterías ordenadas con una precisión demasiado consciente, dos ventanas que daban al jardín de la entrada, el de las fuentes que Isabela había elegido. Todo en ese cuarto parecía dispuesto para que quien entrara recordara que estaba pisando territorio ajeno. No era un lugar pensado para conversar. Era un lugar pensado para medir fuerzas.
Clara no había planeado escuchar.
Había ido a la biblioteca a buscar el