El desayuno de los martes tenía su propio ritmo en la mansión.
Elena llegaba temprano, dejaba todo dispuesto y se retiraba a las tareas del ala norte antes de que Clara o Leonardo bajaran. Eso producía una quietud específica en la cocina: nada en el fuego, todo preparado, el café hecho y esperando en la marmita con ese calor constante que duraba la primera hora. Era una de las pocas rutinas de la casa que no había sido organizada para ellos, sino que existía desde antes y a la que ambos habían