Tomás la esperaba sentado en las escaleras del edificio, con un abrigo gris demasiado grueso para la tarde templada y las manos entrelazadas entre las rodillas, en una postura que Clara reconoció de inmediato porque era la misma que había usado meses atrás, en aquella cocina donde intentó explicarle, por primera vez, por qué nunca la había defendido.
Habían pasado semanas desde esa conversación, y Clara todavía recordaba la sensación exacta de escuchar a su padre nombrar la palabra protegí sin