—Entonces qué queda —repitió Clara, esta vez en voz más baja, casi como si hablara consigo misma en lugar de exigirle una respuesta a él—. Si no puedes usar la ley, ni el apellido, ni la presión de tu familia para traerme de vuelta, ¿qué te queda, Leonardo?
Él se levantó del sillón donde había pasado la última hora sin tocarla, y caminó hasta la ventana con las manos en los bolsillos, como si necesitara poner distancia física entre ambos para encontrar las palabras exactas que la pregunta merec