Alessandro
La noche fue un infierno silencioso. Cada respiración que ella tomaba al otro lado de la cama era una tortura. Su olor, una mezcla del jabón del hotel y su propio aroma a piel limpia, llenaba el aire, volviéndome loco. No dormí. Me quedé inmóvil, mirando la oscuridad, escuchando los latidos de mi propio corazón, que parecían demasiado fuertes en el silencio alpino. Era dolorosamente consciente de cada movimiento que hacía, del susurro de las sábanas cuando cambiaba de posición. Era u