Alessandro
Ginebra apareció bajo el ala del avión como un grabado en metal frío. El lago Lemán era una mancha de acero líquido rodeada de edificios de piedra gris y precisión suiza. No había el caos de Chicago, ni su suciedad. Aquí, el dinero no gritaba; susurraba en las esquinas de los bancos y en los mecanismos de los relojes de lujo. Era el lugar perfecto para esconder un cadáver o una fortuna.
El aire que entró en la cabina cuando se abrió la escotilla era delgado y cortante. Me llenó los p