DAMIÁN
Manejé desde el centro de la ciudad hasta El Silencio con el acelerador pegado al fondo. Rebasé a cuanto coche se me cruzó enfrente, me pasé tres semáforos en rojo y estuve a punto de chocar dos veces contra el camellón. No me importaba, lo único que me importaba en este maldito momento era llegar a mi casa.
Le había marcado a su celular veintiocho malditas veces y la llamada se iba directo al buzón de voz. La opresión en el pecho que llevaba sintiendo todo el día se había convertido en