ISABELLA
—¡Acelera, Bruno! —le grité, cerrando la ventanilla del coche de un jalón.
El celular que no dejaba de vibrar ya estaba hecho pedazos tirado en algún lugar de la carretera. Me dejé caer contra el respaldo del asiento, respirando por la boca, temblando de pies a cabeza. No había marcha atrás, acababa de dejar a Damián.
Bruno metió el acelerador a fondo, esquivando un par de coches lentos en la avenida principal. Me miró de reojo, con las manos apretando el volante con fuerza.
—Dime que