La mañana en la oficina de Ricardo Miller no comenzó con el aroma habitual de café recién hecho, sino con el hedor acre del fracaso, el hombre que se creía el arquitecto del destino de los Cavalli estaba frente a su ordenador, con los ojos inyectados en sangre y las manos golpeando el teclado con una furia rítmica.
—¡No puede ser!
—Rugió, lanzando un pisapapeles de cristal contra la puerta.
—¡Maldita sea, Sebastián!
En la pantalla, un mensaje en letras rojas y gélidas parpadeaba como una bur