El silencio que siguió a la expulsión de Lorenzo Varga de la mansión era denso, casi sólido, en la suite principal, el aire aún vibraba con la adrenalina de la pelea.
Sebastián estaba sentado en el borde de la cama, con los nudillos todavía enrojecidos y la respiración recuperando un ritmo humano, Clara de pie junto al ventanal, observaba cómo la lluvia golpeaba el cristal, sintiendo que su propio mundo estaba a punto de romperse en mil pedazos.
Sebastián no llevaba las gafas, sus ojos, nublad