La penumbra del despacho de Sebastián ya no era para él un muro infranqueable, sino un refugio táctico, sentado tras su escritorio de caoba, con las gafas oscuras ocultando sus ojos, observaba las sombras que se proyectaban en la alfombra persa, su visión seguía siendo granulada, como una vieja película de cine mudo, pero era suficiente para distinguir siluetas, movimientos y, sobre todo, intenciones.
Había puesto en marcha la estrategia que él mismo denominó "espiar al espía", durante meses,