La tormenta que azotaba los ventanales de la mansión Cavalli era el eco perfecto de la turbulencia que se gestaba en el despacho de la planta baja. Lorenzo Varga, socio minoritario de Cavalli Industries y un hombre que siempre había ocultado su ambición bajo una capa de servilismo aceitoso, había llegado con la excusa de una firma urgente de documentos notariales.
Marcus, ocupado coordinando la seguridad perimetral debido a una falla en las cámaras exteriores, había dejado a Lorenzo esperando