La visión de Sebastián era un campo de batalla de grises y siluetas borrosas, no era la nitidez que recordaba de antes del accidente, pero para un hombre que había habitado el vacío absoluto durante meses, aquel desfile de sombras era un milagro que guardaba con el celo de un tesoro prohibido, había aprendido a mantener sus ojos fijos, a no seguir los movimientos con la mirada para no delatarse ante Clara, mientras sus oídos seguían siendo su principal radar.
Esa noche, la lluvia golpeaba con