El mundo de Sebastián Cavalli siempre había sido un abismo de sonidos, texturas y el persistente aroma a vainilla que parecía haberse convertido en su único mapa de la realidad, pero esa mañana, mientras el sol de la primavera golpeaba con violencia los ventanales reforzados de la suite, algo cambió.
No fue una explosión de luz, sino una grieta en la oscuridad.
Sebastián estaba sentado en su sillón de cuero, con la mirada perdida tras sus inseparables gafas oscuras, de repente, una punzada