Charlotte se quedó inmóvil. El dedo que mantenía sobre el detonador tembló imperceptiblemente.
—¿Una bomba? —la voz de ella perdió su tono juguetón, volviéndose filosa como una navaja—. No te atreverías. Esta es tu casa, Malachi. Tu legado.
Malachi se puso en pie con una parsimonia aterradora.
Sus ojos grises, antes empañados por la ceguera falsa, ahora disparaban rayos de odio puro.
—Mi legado murió el día que te vi arder en esa habitación, Charlotte —dijo él, sin apartar la vista de ella—. Si