La amenaza de Charlotte flotó en las tinieblas absolutas del pasillo.
El dolor en mi hombro era un fuego líquido que se expandía con cada respiración. La sangre empapaba mi bata, goteando con un sonido sordo contra el suelo de madera.
Sentí los brazos de Malachi rodearme con una fuerza descomunal. Su pecho subía y bajaba erráticamente, golpeando contra mi espalda herida.
—Si la tocas, Charlotte, este detonador dejará de ser una amenaza —la voz de Malachi vibró con una furia gélida, resonando en