El aire se congeló en mis pulmones. La llave magnética dorada pesaba como un bloque de plomo sobre mi palma, manchándose al instante con la sangre caliente de Malachi.
La revelación me golpeó el pecho con la fuerza de un camión a toda velocidad, dejándome sin aliento, con los oídos zumbando violentamente en medio de la penumbra de la mansión.
—No... no puede ser —mi propia voz me sonó ajena, un eco roto y distantes—. Malachi, estás delirando, estás perdiendo demasiada sangre...
Él me apretó las