El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto, asfixiante, como si todo el oxígeno de la suite presidencial hubiera sido succionado por una turbina.
Mis rodillas cedieron de golpe. El peso de la revelación me aplastó los huesos.
Antes de que mi cuerpo tocara el mármol frío de la habitación, los brazos de Malachi me atraparon.
Su agarre fue feroz, posesivo. Me apretó contra la dureza de su pecho vendado, ignorando el quejido sordo que escapó de sus propios labios por el dolor de su herida f