La presión de los dedos de Malachi en mi barbilla era firme, ardiente, un ancla en medio del nuevo terremoto que amenazaba con tragarnos.
El eco del dispositivo rompiéndose contra la pared aún vibraba en la suite médica.
Mis ojos se abrieron de par en par, fijos en su mirada gris, esa que ya no se escondía tras la farsa de la ceguera.
—¿Diez minutos? —mi voz fue un siseo cargado de pánico—. Malachi, estamos en camisas de hospital, cubiertos de vendajes y con la sangre de tu tío apenas seca en e