Mundo ficciónIniciar sesiónNoah era el dueño indiscutible de los viñedos de Val-de-Lune, un hombre que vivía con la libertad del viento en sus caballos. Pero un accidente le arrebató la movilidad y, con ella, la fe en la vida. Tras ser abandonado por su prometida, se encerró en su mansión y en su amargura, jurando no dejar entrar a nadie en su fortaleza de dolor. Emma, una mujer de curvas generosas y espíritu sanador, es experta en reparar los corazones de los demás. Sin embargo, su propio mundo se desmorona el día de su boda al descubrir la traición de su prometido. Sola, humillada y con su familia al borde de la ruina financiera, Emma recibe una oferta que no puede rechazar: un matrimonio por contrato de un año con el hombre más difícil y herido de la región. El trato es claro: ella debe convencer a Noah de aceptar su terapia y devolverle la voluntad de vivir. Pero Noah no quiere ser salvado, y menos por una extraña que ha invadido su espacio. Entre las viñas de Val-de-Lune, donde los silencios son tan pesados como los secretos, nace una convivencia cargada de tensión. Él se niega a amar a quien considera una intrusa, y ella lucha por mantener su corazón a salvo de un hombre que parece decidido a destruirse. ¿Es posible encontrar el amor en un trato diseñado para ser una farsa? ¿O acaso el orgullo y el pasado serán más fuertes que la oportunidad de volver a empezar?
Leer másEl aire en la habitación se sentía estancado, cargado con el perfume excesivo de lilas y algo más: un aroma metálico, pesado, que se me pegó a la garganta. Caminé por el pasillo con el corazón martilleando contra mis costillas, una sensación de premonición que intenté sofocar bajo capas de entusiasmo. Hoy era el día. O eso me había repetido a mí mismo desde que desperté.
—¿Stefano? —llamé, mi voz sonando extrañamente pequeña en el eco del salón principal.
No hubo respuesta inmediata. Solo un sonido, un roce, un murmullo que se ahogó en el silencio de la mansión. Mis manos, nerviosas, se aferraron a la tela de mi vestido. Había estudiado gastronomía para entender el equilibrio de los sabores, y terapia para entender el equilibrio de las emociones humanas, pero nada, ni un solo libro, me había preparado para el desequilibrio que estaba a punto de encontrar.
Empujé la puerta del despacho. Estaba entreabierta.
Lo que vi no fue un golpe seco; fue una demolición total. Stefano, el hombre con el que había compartido tres años de mi vida, el hombre que me había prometido un "futuro", estaba allí. Pero no solo. Maike, mi mejor amigo —o eso creía yo—, estaba sentado en el escritorio, con los botones de su camisa desabrochados. Y Stefano... Stefano no tenía su compostura habitual. Se veía deshecho, voraz, y completamente ajeno a mi presencia hasta que el chirrido de la puerta lo hizo girar.
El tiempo pareció detenerse. La luz del sol entraba por el ventanal, iluminando las motas de polvo en el aire. Maike se bajó del escritorio con una agilidad felina, pero no parecía arrepentido. Parecía molesto por la interrupción.
—Emma —dijo Stefano, no con sorpresa, sino con una irritación fría—. ¿No sabes tocar?
Me quedé petrificada. Mi mente intentaba procesar la escena, buscando una explicación lógica que mi corazón se negaba a aceptar.
—¿Qué... qué es esto? —logré articular. Mi voz tembló, no por miedo, sino por la pura incredulidad—. ¿Maike? ¿Tú?
Stefano se subió la cremallera de su pantalón con una parsimonia que me dio náuseas. Se acercó a mí, no con disculpas, sino con una suficiencia que me revolvió el estómago.
—¿Qué es esto? —repitió él, imitando mi tono con burla—. Es la realidad, Emma. Aunque, viendo lo poco que te cuidas, supongo que la realidad es algo que te cuesta procesar.
Sentí como si me hubieran arrojado agua helada.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté, sintiendo un calor furioso subiendo por mi cuello.
—Lo que oíste —soltó Stefano, encogiéndose de hombros mientras intercambiaba una mirada cómplice con Maike—. Emma, mírate. Eres una chica gordita que apenas se molesta en arreglarse. He estado tratando de ser un caballero, de ser paciente contigo, de darte un lugar a mi lado por compromiso, por lealtad a tu padre... pero seamos honestos. Te has descuidado. Te has vuelto... blanda. No eres suficiente.
El silencio que siguió fue absoluto. Podía oír el latido de mi propio pulso en mis oídos. El dolor, esa daga afilada que esperaba que me atravesara, fue reemplazado por algo mucho más potente: una claridad gélida.
—¿Eso crees? —susurré, mis ojos fijos en los suyos—. ¿Que me has hecho un favor?
—Deberías agradecer que me casara contigo —continuó él, acercándose más, invadiendo mi espacio personal con su arrogancia—. Maike me entiende. Él sabe lo que necesito. Tú solo sabes hablar de dietas y de tus pacientes de terapia. Eres aburrida, Emma. Y, francamente, me merezco algo mejor que lo que veo en este espejo.
Maike soltó una risita burlona desde el rincón. Eso fue todo. El velo de la sumisión, el velo de la "buena prometida", se rompió en mil pedazos.
—¿Sabes qué es lo que realmente te mereces, Stefano? —le dije, mi voz bajando a un tono que no reconocí. Era una voz firme, tallada en acero.
—No me digas que vas a hacer un drama —dijo él, rodando los ojos—. Porque, honestamente, me tienes harto.
La medianoche llegó a Val-de-Lune vestida con un silencio absoluto, un manto de terciopelo azul oscuro salpicado por millones de estrellas que brillaban sobre las colinas del viñedo. El siseo de la tormenta de hace cinco años había sido reemplazado por el canto de los grillos y el crujido sutil de la madera de la casa que se asentaba tras el calor del día.Entré a nuestra habitación principal con pasos lentos, descalzo sobre el parqué pulido. Mis piernas se sentían fuertes, cargadas con la elasticidad que el ejercicio diario y la monta de los sementales más duros de la cuadra me habían devuelto. El bastón de roble descansaba en la esquina del armario, convertido en un trofeo del pasado, un monumento a una guerra que ya no me pertenecía.Emma estaba de pie junto al gran ventanal que daba a los jardines del sur. Vestía una bata de seda negra, una prenda translúcida que dejaba traslucir la silueta de su cuerpo, ese cuerpo que había albergado la vida cuatro veces y que conservaba una madu
**Narrado por Noah**El amanecer en Val-de-Lune no conocía de treguas militares ni de rangos oficiales. Antes de que el sol lograra romper la línea del horizonte sobre las colinas de Siena, mi cama ya había sido invadida por un batallón de risas, sábanas revueltas y pies descalzos que correteaban sobre el parqué. Cinco años habían pasado desde las tormentas de la traición, y el palacio de sombras se había transformado en un territorio indomable donde la vida se abría paso con una fuerza salvaje.—¡Papá, levántate! ¡Prometiste que hoy iríamos al río con los ponis! —la voz de Bella, que ya se sentía la capitana del ala este de la mansión a sus cinco años, me despertó de golpe mientras se dejaba caer sobre mi espalda.A mi lado, Emma soltó una carcajada suave, hundiéndose más bajo la colcha, con el cabello castaño enredado sobre la almohada.—Tu pelotón te reclama, General —murmuró con la voz ronca del sueño, su mano buscando la mía por debajo de las sábanas para entrelazar nuestros dedo
—Siempre cuidaste de nosotros —dije en un susurro, alzando la vista hacia las ramas del roble que se mecían con el viento—. Incluso en mitad de la penumbra, cuando tus ojos ya no podían ver el salón, nos diste la pista final para desenmascarar el nido de víboras. Gracias por haber sido el ancla de mi pequeña intrusa cuando el mundo se caía a pedazos.Bella se puso de pie, sacudiéndose la tierra de los pantalones, y me miró con esos ojos maduros que tanto me recordaban el pasado.—Papá… ¿ella nos está viendo ahora? —preguntó, tomando de nuevo mi mano.—Ella siempre nos ve, Bella —le respondí, apretando sus dedos con suavidad—. Su recuerdo es el que cuida que el viñedo siga dando frutos. Vámonos. Alguien nos está esperando en la casa y la tarde se va a enfriar.Nos dimos la vuelta, dejando atrás la paz del camposanto bajo la sombra del roble, regresando por el sendero donde Mateo nos esperaba en la camioneta con el motor encendido. El misterio de la vida y la muerte se entrelazaba en la
Narrado por NoahEl sol de la Toscana tenía una forma muy particular de filtrarse a través de las hojas de los cipreses cuando el verano comenzaba a madurar. Era una luz dorada, densa, que parecía flotar sobre la tierra como un óleo antiguo. Cinco años. Cinco veranos exactos habían pasado desde la noche en que la tormenta de Siena intentó tragarse los cimientos de mi existencia; cinco años desde que los muros de Val-de-Lune dejaron de ser una fortaleza de sombras para convertirse en algo que, finalmente, se parecía a un hogar.El viento soplaba limpio desde el norte, arrastrando el aroma dulce de las uvas sangiovese que ya empezaban a oscurecer en las vides. Sentado sobre la valla de madera del picadero principal, observaba el trote rítmico de un semental andaluz de capa negra, cuyo pelaje brillaba bajo el sol como el carbón pulido. Sobre el lomo del animal, con una postura que delataba una herencia de orgullo y disciplina que me inflaba el pecho, iba Bella.A sus cinco años, mi hija
Último capítulo