Capítulo 6: Un buen Paisaje

El sol de la tarde se filtraba por las persianas de La Bastide Noire, creando franjas de luz que cortaban el aire polvoriento de la mansión. Llevaba una bandeja con un consomé de verduras asadas que me había tomado tres horas preparar. Era mi pequeña victoria: si lograba que Noah comiera algo sólido, habríamos ganado la primera batalla.

No me molesté en llamar. Después de nuestra "conversación" de ayer, sabía que si tocaba, me gritaría que me fuera. Así que, con la bandeja en una mano y el equilibrio de una equilibrista, empujé la puerta del dormitorio de Noah con el pie.

—Traje algo de comer, y no acepto un no por respu... —me quedé helada.

La bandeja casi se me resbala de los dedos. Noah estaba de espaldas a la puerta, intentando ponerse una camisa de lino blanca. Estaba sentado al borde de la cama, esforzándose por deslizar un brazo por la manga, pero su cuerpo estaba completamente expuesto desde la cintura hacia arriba.

No era el cuerpo que había visto en las fotos de la prensa antes del accidente. Aquel Noah era más atlético, más "perfecto". Este Noah era diferente. Tenía cicatrices finas que le cruzaban el torso y la espalda, marcas de una batalla que había luchado contra el asfalto. Pero, a pesar de las cicatrices, sus músculos seguían ahí, esculpidos por años de trabajo físico. Sus hombros eran anchos, su espalda se estrechaba en una "V" poderosa, y cada movimiento que hacía para luchar con la camisa hacía que sus músculos dorsales se tensaran y relajaran con una precisión hipnótica.

No pude evitarlo. Mi respiración se cortó, escapando de mis labios en un jadeo involuntario que sonó escandalosamente fuerte en el silencio de la habitación. No fue un suspiro de lástima. Definitivamente, no. Fue una reacción puramente biológica.

Noah se tensó como un resorte. Giró la silla con una destreza violenta y me encaró, con la camisa colgando de un brazo y el pecho desnudo subiendo y bajando por el esfuerzo. Sus ojos negros, cargados de una furia que rápidamente mutó en otra cosa al ver mi expresión, me atravesaron.

—¡¿No sabes tocar, Emma?! —rugió, agarrando la camisa para cubrirse el pecho con una rapidez defensiva que casi me hizo sonreír.

—Yo... yo traje el almuerzo —balbuceé, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello hasta mis mejillas. Intenté desviar la mirada, pero mis ojos, traidores, se negaron a obedecer. Se quedaron fijos en la curva de sus hombros.

Noah soltó una carcajada amarga, una que me hizo parpadear.

—Te estás quedando ahí plantada, mirándome como si fuera un plato de comida —dijo, con una sonrisa torcida, peligrosa—. ¿Qué pasa, "terapista"? ¿Te quedaste sin palabras?

—No te estaba mirando —mentí descaradamente, intentando recuperar mi dignidad mientras mis mejillas ardían—. Solo estaba... evaluando el progreso de tu movilidad muscular.

—¿Evaluando? —Noah soltó un bufido y dejó caer la camisa sobre sus rodillas—. Por favor. Tenías la boca entreabierta. Eres una pervertida, Emma.

—¡No soy una pervertida! —exclamé, indignada—. Y, para tu información, si voy a tener que pasar un año aquí lidiando con tu mal humor, lo mínimo que pido es un buen paisaje. Y no me quejo de las vistas.

La expresión de Noah cambió. Su arrogancia vaciló, reemplazada por una chispa de sorpresa genuina. Supongo que esperaba que me sonrojara y huyera avergonzada, o que bajara la vista con humildad. No esperaba que le devolviera el golpe con tanta desfachatez.

—¿Un buen paisaje? —preguntó, bajando el tono, ahora más bajo, más íntimo—. Ten cuidado con lo que dices, pequeña cocinera. Podría tomarte la palabra.

La tensión en la habitación se volvió espesa, casi eléctrica. El aire parecía haberse agotado. Intenté dar media vuelta, pensando que salir de allí era la única forma de salvar lo poco que me quedaba de control, pero mis pies, tan traidores como mis ojos, se enredaron en la alfombra persa que cubría el suelo.

El traspié fue ridículo. Sentí que perdía el equilibrio, y en un intento desesperado por no soltar la bandeja y estampar el consomé contra el suelo, mis piernas cedieron. Caí de rodillas, con un golpe sordo, pero logré mantener la bandeja en el aire, aunque todo lo demás perdió la compostura.

Mi vestido, una prenda de tela ligera que había elegido por comodidad, se subió con el impacto, exponiendo gran parte de mis piernas y, específicamente, dejando al descubierto mis muslos.

Me quedé allí, en el suelo, con la bandeja en las manos y el vestido hecho un desastre, esperando que el suelo me tragara. Pero el suelo no lo hizo. Y Noah... Noah tampoco.

El silencio fue absoluto. Levanté la mirada, lista para recibir una burla cruel, un insulto sobre mi torpeza. Pero Noah no se estaba riendo. Su silla estaba a un metro de mí, y sus ojos no estaban en mi cara. Estaban clavados en mis muslos, recorriendo la piel expuesta con una intensidad que me hizo estremecerme de pies a cabeza. Era una mirada posesiva, hambrienta, la mirada de un hombre que había olvidado lo que era desear y que, de repente, acababa de recordar todo en un solo segundo.

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