La medianoche en La Bastide Noire no era silenciosa; estaba llena de crujidos y el lamento del viento contra los viñedos. Me levanté incapaz de dormir, con la imagen de la mirada de Noah grabada en mis retinas. Quería ver si necesitaba algo, si el dolor de sus piernas lo dejaba descansar. Pero al acercarme a su habitación, el sonido de algo pesado golpeando el suelo me detuvo en seco.
Empujé la puerta y el corazón se me subió a la garganta. Noah no estaba en la cama, ni en su silla. Estaba en e