Cristal Roto y Verdades Amargas

La medianoche en La Bastide Noire no era silenciosa; estaba llena de crujidos y el lamento del viento contra los viñedos. Me levanté incapaz de dormir, con la imagen de la mirada de Noah grabada en mis retinas. Quería ver si necesitaba algo, si el dolor de sus piernas lo dejaba descansar. Pero al acercarme a su habitación, el sonido de algo pesado golpeando el suelo me detuvo en seco.

Empujé la puerta y el corazón se me subió a la garganta. Noah no estaba en la cama, ni en su silla. Estaba en el suelo, rodeado de sombras, tratando desesperadamente de arrastrarse hacia el mueble bar. Su respiración era un gruñido animal de frustración.

—¡Noah! —exclamé, corriendo hacia él—. ¿Qué haces? ¡Déjame ayudarte!

—¡No me toques! —rugió él, golpeando el suelo con el puño—. ¡Fuera de aquí!

Ignoré su orden y traté de pasar mis brazos por debajo de sus hombros para levantarlo, pero él me empujó con una fuerza sorprendente, enviándome hacia atrás. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y el olor a vino barato impregnaba el aire. Había logrado alcanzar una botella de la reserva, pero estaba vacía.

—Solo quiero que vuelvas a la cama —dije, tratando de mantener la voz firme mientras mi pulso se aceleraba—. No puedes estar aquí en el suelo, te vas a lastimar más.

—¿Y qué te importa a ti? —escupió él, con una sonrisa que era puro veneno. De repente, en un arrebato de furia, lanzó la botella vacía contra la pared opuesta. El cristal estalló en mil pedazos, volando como diamantes negros en la oscuridad—. ¡Mírate, Emma! La gran salvadora. La "terapista" que cree que puede arreglar lo que el destino destruyó.

—Noah, estás ebrio y estás sufriendo. No digas cosas de las que te vas a arrepentir.

Él soltó una carcajada seca que se convirtió en una tos dolorosa. Se apoyó contra la base de su cama, mirándome con un desprecio que me atravesó la piel.

—¿Arrepentirme? ¿Sabes qué me da asco? —Dijo, señalándome con un dedo tembloroso—. Que te pasees por mi casa creyendo que tienes algún derecho sobre mí. Solo eres una empleada. Una simple terapista que mis padres contrataron porque creen que necesito una niñera.

—Estoy aquí para que vuelvas a caminar, Noah. Para que vuelvas a ser el hombre que...

—¡Cierra la boca! —me interrumpió—. No sabes nada de ese hombre. ¿Y sabes por qué estás aquí? Porque nadie más aceptaría este trabajo. Mírate bien, Emma. —Sus ojos recorrieron mi cuerpo, pero esta vez no había deseo, solo una crueldad calculada para herirme donde más me dolía—. ¿Crees que no me doy cuenta? Estás aquí porque no tienes a dónde ir. Eres una chica... pesada, descuidada. Alguien a quien la vida ha dejado de lado, igual que a mí. Seguramente tu prometido se dio cuenta de que no valía la pena cargar con tanto peso muerto y se buscó algo más... ligero. Más estético.

El aire se escapó de mis pulmones. El insulto sobre mi peso, unido a la mención de Stefano, fue como una descarga eléctrica. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Crees que por ser un "inválido", como tú te llamas, tienes derecho a ser un monstruo? —susurré, con la voz quebrada por la rabia.

—Solo digo la verdad —continuó él, cebándose en mi silencio—. Eres una mujer que se refugia en la cocina porque es el único lugar donde siente que tiene el control. Pero en el mundo real, Emma, eres solo una distracción gorda para mis días de aburrimiento. Una empleada que mis padres compraron para entretenerme.

No lo pensé. No hubo análisis, ni recordatorios del contrato, ni miedo a las consecuencias. Mi mano se movió por instinto, cruzando el aire con una velocidad que ni yo misma sabía que poseía.

¡ZAS!

El sonido de la bofetada resonó en la habitación más fuerte que el cristal roto. La cabeza de Noah se giró violentamente por el impacto. El silencio que siguió fue tan denso que podía oír los latidos desbocados de mi propio corazón.

Me quedé de pie, jadeando, con la palma de la mano ardiendo. Noah se llevó una mano a la mejilla, con los ojos muy abiertos, mirándome como si acabara de ver a un fantasma.

—Escúchame bien, Noah —dije, y mi voz era un hilo de acero, fría y definitiva—. Puedes odiar al mundo. Puedes odiar tus piernas. Puedes odiar a tus padres. Pero no te permito que vuelvas a hablar de mi cuerpo o de mi valor como mujer. No tienes ni idea de lo que he pasado para estar aquí.

Él intentó hablar, pero lo corté con un gesto de la mano.

—Mañana te veré para la sesión de terapia —continué, retrocediendo hacia la puerta mientras las lágrimas empezaban a nublar mi vista, aunque me negaba a dejarlas caer frente a él—. Vendré porque tengo un compromiso y porque, a diferencia de ti, yo sí cumplo mi palabra. Pero te advierto una cosa: no te atrevas a hablarme. No me pidas agua, no me pidas comida y no me dirijas la palabra más que para lo estrictamente necesario.

—Emma... —su voz sonó extrañamente pequeña, el rastro de la embriaguez desapareciendo por el choque de la bofetada.

—Buenas noches, Noah. Disfruta de tu soledad y de tu suelo. Al parecer, es lo único que crees que mereces.

Salí de la habitación cerrando la puerta con cuidado, sin dar un portazo, lo cual fue mucho más aterrador. Al llegar a mi cuarto, me desplomé contra la madera y dejé que las lágrimas fluyeran. Me dolía el alma. Me dolía que él usara mis inseguridades como armas.

Él no sabía que yo era su esposa. No sabía que mi destino estaba atado al suyo por un pedazo de papel y una deuda impagable. Y en ese momento, mientras me abrazaba a mí misma en la oscuridad de La Bastide Noire, deseé que nunca lo supiera. Porque el hombre que me había mirado con deseo en la tarde, se había convertido en el monstruo que me había humillado en la noche.

La guerra apenas comenzaba, y yo me preguntaba si mi corazón saldría vivo de aquel año.

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GorethyMe encanta este libro.
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