—¿Te... te gusta lo que ves? —pregunté, con la voz apenas como un susurro, sintiendo cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas.
Noah levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de frustración y un deseo crudo que no intentó ocultar.
—Eres un peligro, Emma —dijo, su voz ronca—. Un peligro absoluto.
—Solo fue un tropezón —respondí, intentando ponerme de pie, pero sintiendo mis manos temblar—. No tienes por qué... no tienes por qué mirar así.
—¿Mirar cómo? —Noah s