Mundo ficciónIniciar sesión—¿Te... te gusta lo que ves? —pregunté, con la voz apenas como un susurro, sintiendo cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas.
Noah levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de frustración y un deseo crudo que no intentó ocultar.
—Eres un peligro, Emma —dijo, su voz ronca—. Un peligro absoluto.
—Solo fue un tropezón —respondí, intentando ponerme de pie, pero sintiendo mis manos temblar—. No tienes por qué... no tienes por qué mirar así.
—¿Mirar cómo? —Noah se impulsó hacia adelante, ahora mucho más cerca de mí, acorralándome en el suelo—. ¿Cómo un hombre que lleva demasiado tiempo encerrado en la oscuridad y que acaba de ver un destello de luz?
La forma en que lo dijo, sin rastro de burla, me dejó sin aliento. Me levanté finalmente, alisando mi vestido con manos torpes, sintiéndome vulnerable y, extrañamente, deseada. Él seguía observándome, y por un momento, la barrera entre "cuidadora" y "esposa por contrato" se disolvió.
—El consomé... —dije, señalando la bandeja, buscando desesperadamente un terreno común—. Se va a enfriar.
Noah soltó una carcajada corta, esta vez más relajada, casi divertida.
—Olvídate del maldito consomé, Emma. Acabas de entrar en mi habitación sin tocar, me has visto desnudo, te has caído a mis pies y te has atrevido a decirme que soy un buen paisaje. Creo que el almuerzo va a tener que esperar.
—¿Y qué propones? —pregunté, dándome cuenta de que le estaba siguiendo el juego, algo que Elena me habría prohibido rotundamente.
—Propongo que te vayas —dijo él, aunque su mirada se quedó pegada a mí un segundo más de lo necesario—. Y que aprendas a llamar a la puerta. Porque la próxima vez, puede que no sea yo el que esté tratando de ponerse la camisa.
—¿Amenaza o promesa? —respondí, con una chispa de desafío que, para mi sorpresa, lo hizo sonreír. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero real.
—Lárgate, Emma —dijo, aunque esta vez no sonó a orden, sino a una petición desesperada de aire—. Antes de que decida que prefiero probar el "paisaje" en lugar del consomé.
Caminé hacia la puerta, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda en cada paso. Salí de la habitación, cerrando la puerta tras de mí, y me apoyé contra la madera, con el corazón galopando como un caballo desbocado.
El plan era no enamorarme. El plan era mantener las distancias. El plan era una farsa de un año. Pero mientras respiraba profundamente en el pasillo, me di cuenta de una verdad aterradora: aquel hombre, con su amargura, sus cicatrices y sus ojos peligrosos, no solo me había visto. Me había hecho sentir vista. Y eso, en La Bastide Noire, era mucho más peligroso que cualquier contrato.
Había sido divertido, caótico y, sobre todo, peligrosamente humano. Me di cuenta de que, a partir de hoy, las reglas del juego habían cambiado. Noah ya no era solo mi paciente; empezaba a ser un hombre, y yo empezaba a ser mucho más que una simple cuidadora. Y lo peor de todo, era que, a pesar de la advertencia de Elena, una parte de mí no quería que el juego terminara nunca.







