Capítulo 4: Secretos

Me quedé en silencio, mirando por la ventana. Las casas de lujo de la ciudad se desdibujaban mientras avanzábamos hacia la zona de las colinas, hacia La Bastide Noire. Mis pensamientos eran un torbellino. Por un lado, la imagen de Stefano y Maike burlándose de mí; por otro, la voz débil de mi abuela en el teléfono, contándome sobre sus dolores.

—¿Por qué yo? —pregunté de repente, sin mirar a ninguno de los dos—. Podrían haber buscado a alguien más. Alguien que no fuera... yo.

Elena soltó una carcajada que me heló la sangre.

—¿Alguien más? Buscamos a muchas, Emma. Algunas eran demasiado ambiciosas y buscaron aprovecharse de su fortuna desde el día uno. Otras eran demasiado débiles y huyeron llorando al primer insulto de Noah. Tú tienes algo que ellos no tienen: una herida fresca. La ira que sientes ahora mismo contra Stefano es el mejor combustible para no dejarte intimidar por Noah. Sabes lo que es la traición, así que sabrás cómo manejar la suya.

—¿Es eso lo que creen? ¿Que estoy aquí por despecho?

—Creemos que estás aquí por supervivencia —dijo Arturo—. Y la supervivencia es el motor más potente que existe.

El auto se detuvo. Habíamos llegado a la entrada de una finca que parecía salida de una pesadilla gótica: La Bastide Noire. Los muros de piedra eran altos, cubiertos por hiedra seca, y la niebla que rodeaba la propiedad parecía una advertencia.

—Tienes una hora para prepararte —dijo Elena, entregándome una carpeta que contenía mis nuevas credenciales y un mapa de la propiedad—. Noah está en el salón principal. Esperamos que, para cuando anochezca, él haya aceptado al menos hablar contigo sin insultarte.

—¿Y si me trata como a basura desde el primer minuto? —pregunté, sintiendo cómo el miedo comenzaba a ganarle la partida a mi dignidad.

—Entonces sabrás que el resto del año será un infierno —respondió Arturo con una calma aterradora—. Y si no puedes soportarlo, la puerta de salida siempre está abierta. Pero recuerda: la puerta de la clínica de tu abuela también se cerrará si decides irte.

Bajé del auto. Mis piernas se sentían como gelatina. Mientras el vehículo se alejaba, dejándome sola ante las inmensas puertas de hierro de la mansión, sentí el peso de la decisión.

No había vuelta atrás. Había cambiado una humillación pública por una jaula de oro y secretos. La brisa de la tarde trajo consigo el olor a tierra mojada y uvas fermentadas, un aroma que, en otras circunstancias, habría parecido poético. Ahora, solo olía a encierro.

Respiré hondo, ajusté mis hombros y caminé hacia la entrada. Noah estaba adentro, esperándome. O, más bien, esperando a su próxima víctima. No sabía quién era el hombre tras esos muros, pero una cosa era segura: no le daría el gusto de verme derrumbarme. Si el trato era no enamorarme, me aseguraría de que mi corazón fuera tan de piedra como las paredes de esta casa.

O al menos, eso era lo que me repetía a mí misma mientras golpeaba el aldabón de hierro. No te enamores, Emma. Solo es un trabajo. Pero en el fondo, una voz pequeña y aterrada me susurraba que, en el juego de la vida, uno nunca elige de quién se enamora, y que a veces, las trampas que nosotros mismos aceptamos, son las que terminan por atraparnos del todo.

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