Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire acondicionado del vehículo de lujo era un contraste brutal con el calor sofocante que sentía en mi pecho tras el enfrentamiento. Me subí al auto sintiéndome una intrusa en un mundo de cuero y sobriedad. Arturo, el padre de Stefano, ni siquiera me miró mientras cerraba la puerta. Elena, su madre, simplemente cruzó las piernas, su postura era tan rígida como sus principios.
—Es una locura —logré decir, rompiendo el silencio sepulcral del coche mientras este comenzaba a avanzar—. Noah no me conoce. Soy una desconocida que aparece de la nada. ¿Cómo pretenden que me acepte como esposa? Ni siquiera aceptó a su prometida de toda la vida antes del accidente.
Arturo dejó escapar una risa seca, desprovista de cualquier humor.
—Noah no aceptará a nadie, Emma. Esa es la cuestión. No le estamos pidiendo que te quiera; le estamos pidiendo que te tolere lo suficiente para que su cuerpo no se atrofie por completo en esa silla.
—Es un hombre roto —añadió Elena, su voz suave pero cortante como un bisturí—. Antes era un semental, un hombre que vivía a caballo. Ahora es un fantasma que se niega a comer y a rehabilitarse. Nuestra propuesta no es un regalo para él, es un tratamiento. Y tú tienes el perfil perfecto: estudiaste gastronomía y terapia. Sabes cómo nutrir y cómo sanar.
—¿Y qué pasa si él me echa? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Soy una mujer fuerte, no me voy a quedar donde no me quieren. Ya tuve suficiente con la humillación de hoy.
—Si él te echa, la deuda de tu padre y los gastos de la clínica de tu abuela seguirán siendo tuyos —dijo Arturo, sin pestañear—. La propuesta es simple, Emma. Un año. Solo un año. Si logras que Noah retome su terapia y acepte su nueva realidad, serás libre y financieramente independiente. Pero hay reglas. Reglas que no voy a repetir dos veces.
El auto giró en una esquina, y Elena se inclinó hacia adelante, mirándome directamente a los ojos. Su mirada era fría, analítica.
—Regla número uno —comenzó Elena—: El secreto es absoluto. Noah no puede saber, bajo ninguna circunstancia, que esto es un contrato, que nosotros te pagamos o que estás ahí por dinero. Para él, debes ser una mujer que ha llegado a su vida por... llamémoslo "destino" o una casualidad providencial. Si se entera de que fuiste contratada, la poca estabilidad que le queda se hará añicos.
—¿Y cómo se supone que llegue a su vida sin que sospeche? —cuestioné, sintiendo un sudor frío en las manos.
—Eso es problema tuyo —respondió Arturo con indiferencia—. Tienes formación profesional. Entrarás como una nueva cuidadora, alguien que hemos "encontrado" para su rehabilitación. La chispa debe parecer natural, si es que llega a surgir.
—Pero hay algo más importante —intervino Elena, su voz bajando a un tono peligroso—. Regla número dos: No te enamores.
Me reí, pero sonó más a un sollozo ahogado.
—¿Perdón?
—Entiéndelo, Emma —dijo Elena, sin rastro de empatía—. Este es un negocio. La línea entre un matrimonio por contrato y una tragedia emocional es muy delgada. Si te enamoras de Noah, perderás la objetividad. Si él se enamora de ti, el plan se complica innecesariamente. Queremos que lo recuperes para que pueda volver a gestionar sus viñedos y su legado, no queremos que se distraiga en un romance que, cuando el año termine, solo le causará más dolor.
—¿Me están pidiendo que sea un robot? —pregunté, sintiendo una mezcla de indignación y pánico.
—Te estamos pidiendo que seas una profesional —corrigió Arturo—. Tienes un año. Ni un día más. Al finalizar el año, se anula el contrato, él estará recuperado, tú tendrás el dinero para tu abuela y tu vida, y cada uno seguirá su camino. Si incumples, si te dejas llevar por sentimentalismos o si revelas nuestra participación, el acuerdo se rompe. Y tú sabes bien, Emma, lo que pasa cuando uno se queda sin apoyo en este país.







