La Esposa Talla Grande que el CEO Inválido no Quería Amar
La Esposa Talla Grande que el CEO Inválido no Quería Amar
Por: L. Alejandra
Capítulo 1: El Precio de la Libertad

El aire en la habitación se sentía estancado, cargado con el perfume excesivo de lilas y algo más: un aroma metálico, pesado, que se me pegó a la garganta. Caminé por el pasillo con el corazón martilleando contra mis costillas, una sensación de premonición que intenté sofocar bajo capas de entusiasmo. Hoy era el día. O eso me había repetido a mí mismo desde que desperté.

—¿Stefano? —llamé, mi voz sonando extrañamente pequeña en el eco del salón principal.

No hubo respuesta inmediata. Solo un sonido, un roce, un murmullo que se ahogó en el silencio de la mansión. Mis manos, nerviosas, se aferraron a la tela de mi vestido. Había estudiado gastronomía para entender el equilibrio de los sabores, y terapia para entender el equilibrio de las emociones humanas, pero nada, ni un solo libro, me había preparado para el desequilibrio que estaba a punto de encontrar.

Empujé la puerta del despacho. Estaba entreabierta.

Lo que vi no fue un golpe seco; fue una demolición total. Stefano, el hombre con el que había compartido tres años de mi vida, el hombre que me había prometido un "futuro", estaba allí. Pero no solo. Maike, mi mejor amigo —o eso creía yo—, estaba sentado en el escritorio, con los botones de su camisa desabrochados. Y Stefano... Stefano no tenía su compostura habitual. Se veía deshecho, voraz, y completamente ajeno a mi presencia hasta que el chirrido de la puerta lo hizo girar.

El tiempo pareció detenerse. La luz del sol entraba por el ventanal, iluminando las motas de polvo en el aire. Maike se bajó del escritorio con una agilidad felina, pero no parecía arrepentido. Parecía molesto por la interrupción.

—Emma —dijo Stefano, no con sorpresa, sino con una irritación fría—. ¿No sabes tocar?

Me quedé petrificada. Mi mente intentaba procesar la escena, buscando una explicación lógica que mi corazón se negaba a aceptar.

—¿Qué... qué es esto? —logré articular. Mi voz tembló, no por miedo, sino por la pura incredulidad—. ¿Maike? ¿Tú?

Stefano se subió la cremallera de su pantalón con una parsimonia que me dio náuseas. Se acercó a mí, no con disculpas, sino con una suficiencia que me revolvió el estómago.

—¿Qué es esto? —repitió él, imitando mi tono con burla—. Es la realidad, Emma. Aunque, viendo lo poco que te cuidas, supongo que la realidad es algo que te cuesta procesar.

Sentí como si me hubieran arrojado agua helada.

—¿Qué acabas de decir? —pregunté, sintiendo un calor furioso subiendo por mi cuello.

—Lo que oíste —soltó Stefano, encogiéndose de hombros mientras intercambiaba una mirada cómplice con Maike—. Emma, mírate. Eres una chica gordita que apenas se molesta en arreglarse. He estado tratando de ser un caballero, de ser paciente contigo, de darte un lugar a mi lado por compromiso, por lealtad a tu padre... pero seamos honestos. Te has descuidado. Te has vuelto... blanda. No eres suficiente.

El silencio que siguió fue absoluto. Podía oír el latido de mi propio pulso en mis oídos. El dolor, esa daga afilada que esperaba que me atravesara, fue reemplazado por algo mucho más potente: una claridad gélida.

—¿Eso crees? —susurré, mis ojos fijos en los suyos—. ¿Que me has hecho un favor?

—Deberías agradecer que me casara contigo —continuó él, acercándose más, invadiendo mi espacio personal con su arrogancia—. Maike me entiende. Él sabe lo que necesito. Tú solo sabes hablar de dietas y de tus pacientes de terapia. Eres aburrida, Emma. Y, francamente, me merezco algo mejor que lo que veo en este espejo.

Maike soltó una risita burlona desde el rincón. Eso fue todo. El velo de la sumisión, el velo de la "buena prometida", se rompió en mil pedazos.

—¿Sabes qué es lo que realmente te mereces, Stefano? —le dije, mi voz bajando a un tono que no reconocí. Era una voz firme, tallada en acero.

—No me digas que vas a hacer un drama —dijo él, rodando los ojos—. Porque, honestamente, me tienes harto.

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