—¿Te... te gusta lo que ves? —pregunté, con la voz apenas como un susurro, sintiendo cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas.Noah levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de frustración y un deseo crudo que no intentó ocultar.—Eres un peligro, Emma —dijo, su voz ronca—. Un peligro absoluto.—Solo fue un tropezón —respondí, intentando ponerme de pie, pero sintiendo mis manos temblar—. No tienes por qué... no tienes por qué mirar así.—¿Mirar cómo? —Noah se impulsó hacia adelante, ahora mucho más cerca de mí, acorralándome en el suelo—. ¿Cómo un hombre que lleva demasiado tiempo encerrado en la oscuridad y que acaba de ver un destello de luz?La forma en que lo dijo, sin rastro de burla, me dejó sin aliento. Me levanté finalmente, alisando mi vestido con manos torpes, sintiéndome vulnerable y, extrañamente, deseada. Él seguía observándome, y por un momento, la barrera entre "cuidadora" y "esposa por contrato" se disolvió.—El consomé... —dije, se
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