PAOLO MORELOS
El despacho se convirtió en un latido rápido: llamadas, miradas, decisiones tomándose al vuelo. Había acabado de explicar lo que sabíamos de Visconti cuando Kiara, que había asomado a la puerta, quiso ofrecerse. La tensión me obligó a frenar un segundo: me gusta la gente dispuesta, pero también quiero a los míos vivos y enteros.
Entonces todo cambió con una sola frase. Noah se giró hacia ella con una calma que me gusta: la calma del hombre que no necesita hacer ruido para imponer s