DALIA
El sol de la mañana bañaba la habitación en un resplandor cálido. Adriano no había ido a la oficina ese día. No quiso. Prefirió quedarse conmigo, llenándome de besos, de caricias, de susurros que me hacían olvidar el peso de más de seis meses de embarazo. Mi vientre ya era prominente, cada paso costaba un poco más, pero con él a mi lado todo era más llevadero.
—Te amo, mi flor —susurró contra mi cuello, y yo no pude hacer otra cosa que sonreír.
Nos quedamos en la habitación hasta tarde, di