SARA BLACKSTOME
El aroma del estofado aún llenaba la casa, pero mis sentidos estaban puestos en otra cosa. Me acerqué a la ventana con la taza de té caliente entre las manos y, apenas corrí un poco la cortina, vi la escena.
Ahí estaban. Adriano y Dalia, caminando juntos por el jardín como si el tiempo no hubiera pasado.
—Mira, Susan… —susurré, inclinándome un poco hacia mi suegra, que estaba sentada en el sillón con su propio té—. Mira cómo la mira.
Susan, que nunca ha necesitado gafas para no