DALIA
El cielo estaba despejado, y el aire de la mañana tenía ese aroma a pan recién horneado que siempre me hacía sonreír. Caminaba hacia mi cafetería favorita con la carpeta de mis apuntes y cuadernos apretada contra el pecho. Había dormido poco, pero las clases me esperaban y, por una vez, me sentía ligera.
Hasta que lo vi.
Se detuvo justo en medio de la acera, bloqueando mi camino. El mundo se me estrechó en un segundo.
—Dalia… —su voz, grave y cargada de falsa nostalgia, me hizo retroceder